El ser humano demanda explicaciones que nos den seguridad, nos afanamos por encontrarlas y somos capaces de asirnos a un clavo ardiendo por sentirnos a salvo. La incertidumbre nos molesta y a bastantes les produce ansiedad. Por lo tanto hay que dar "consuelos" que apacigüen ese estado desagradable , inquietante y que nos puede desasosegar, y para ello se dan explicaciones de todo tipo, así una de las más recurrentes del siglo XX fueron los extraterrestres, mientras en el siglo XVIII, era el diablo.
La explicación puede ser absurda pero nos aferramos a ella porque nos tranquiliza. Ahí está el quid: en situaciones con un alto contenido emocional no buscamos respuestas correctas, sino aquellas que nos reconfortan. Y no soportamos pensar que las cosas sucedan porque sí; somos incrédulos hacia la casualidad.
A esto debemos añadir lo incompetentes que somos a la hora de evaluar situaciones de riesgo. Sabemos distinguir entre lo que no comporta ningún riesgo y lo que sí lo tiene, pero somos incapaces de diferenciar entre un acto que tenga un 1/10.000 de riesgo de otro con un 1/100. Y aún más grave: mientras dejamos de realizar ciertos actos porque comportan riesgo, asumimos otros donde el porcentaje de riesgo es mayor. Por ejemplo, tememos ir en avión por el miedo a un accidente, pero nada nos impide ir en coche, cuando la probabilidad de morir es mucho mayor.
Nuestro cerebro nos hace creer que un acontecimiento es muy probable basándose no en fiables cálculos probabilísticos, sino en un motivo más mundano ... es más probable lo que con mayor facilidad se imagina y más impresiona emotivamente.
Por tanto, ¿quién domina? ¿la razón o la emoción?
Nuestro cerebro nos hace creer que un acontecimiento es muy probable basándose no en fiables cálculos probabilísticos, sino en un motivo más mundano ... es más probable lo que con mayor facilidad se imagina y más impresiona emotivamente.
Por tanto, ¿quién domina? ¿la razón o la emoción?

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