Heredera del humanismo, las ideas liberales, laicas y vanguardistas.

CÓDIGO DEONTOLÓGICO

Artículo 6


La profesión de Psicólogo/a se rige por principios comunes a toda deontología profesional: respeto a la persona, protección de los derechos humanos, sentido de responsabilidad, honestidad, sinceridad para con los clientes, prudencia en la aplicación de instrumentos y técnicas, competencia profesional, solidez de la fundamentación objetiva y científica de sus intervenciones profesionales.

viernes, 15 de marzo de 2013

La crítica adecuada

Cuando hablamos de críticas nos viene a la mente una relación, generalmente, del mundo de pareja o del mundo laboral. Parece que son los dos grandes campos dispuestos para dar y recibir opiniones negativas. Sí, he dicho negativas porque las críticas siempre las pensamos en "negativo".

Por lo tanto, de lo que se trata es de expresar las quejas sin dañar la relación.

Las críticas adecuadas no se ocupan tanto de atribuir los errores a un rasgo de carácter como de centrarse en lo que la persona ha hecho y puede hacer. Con los ataques al carácter lo único que se consigue es poner inmediatamente a la otra persona a la defensiva, con lo cual deja de estar receptivo a las recomendaciones sobre la forma de mejorar la situación.
Por ejemplo, no es lo mismo decirle a alguien "no te soporto, siempre dando voces, hablando a gritos" que decirle "si hablas con un volumen más bajo te oiré y entenderé mejor".

Y, en términos de motivación, cuando las personas consideran que sus fracasos se deben a alguna carencia innata, pierden toda esperanza de transformar las cosas y dejan de intentar cambiarlas. Por otro lado, si los contratiempos y los fracasos se deben a las circunstancias siempre podremos hacer algo para cambiar éstas.

 Algunos datos a tener en cuenta son:

Ser concreto. Saber que uno está haciendo "algo" mal sin saber de qué se trata concretamente resulta sumamente descorazonador. Nos limitaremos a lo concreto señalando también lo que la persona hace bien, lo que no hace tan bien y cómo podría cambiarlo. Sin rodeos y evitando las ambigüedades y las evasivas porque eso podría enmascarar el mensaje real.

Por ejemplo, en la pareja a la hora de expresar sus quejas, diga exactamente cuál es el problema, lo que no le gusta, cómo le hace sentir y qué es lo que podría cambiarse.

Ofrecer soluciones. La crítica, como todo feedback útil, debería apuntar a una forma de resolver el problema. De otro modo, el receptor puede quedar frustrando, desmoralizado o desmotivado. La crítica puede abrir la puerta a posibilidades y alternativas que la persona ignoraba o simplemente sensibilizarla a ciertas deficiencias que requieren atención pero, en cualquier caso, debe incluir sugerencias sobre la forma más adecuada de afrontar estos problema.

De forma presencial. Las críticas, al igual que las alabanzas, son más eficaces cara a cara y en privado. A veces, se tiende a hacerlo a distancia pero, de ese modo, la comunicación resulta demasiado impersonal y escamotea al receptor la oportunidad de responder o de solicitar alguna aclaración.

Cuidar las formas. Ésta es una llamada a la empatía, a tratar de sintonizar con el impacto que tienen sus palabras y su forma de expresión sobre el receptor. Las criticas demasiado hirientes y humillantes resultan destructivas porque en lugar de abrir un camino para mejorar las cosas, despierta la respuesta emocional del resentimiento, la amargura, las actitudes defensivas y el distanciamiento.

Por tanto, las críticas claras, concisas, de forma directa, de buenas maneras, y si es posible, ofreciendo una posible solución ... tan fácil y tan difícil ¿no?. Cuestión de práctica.

Y que no se nos olvide las críticas hacia nosotros, que muchas veces somos los más implacables con nosotros mismos. Apliquemos también el cuidar las formas con uno mismo, y fuera las descalificaciones. No nos machaquemos con el "no sirvo para nada", "qué torpe soy", "todo lo hago mal", "no puedo", "siempre la lío", "quién me mandaría decir..." etc.

Empecemos a practicar.


Educación emocional

Hay aspectos de las relaciones humanas que ni se adquieren espontáneamente ni son innatos, requieren trabajarlos, ser objeto de “educarse”. Que esto no sea así tiene consecuencias posteriores, cuando la persona se enfrenta a la sociedad real en todos sus campos, incluido el laboral. Porque reconozcamos que son muchas las personas a las que les cuesta no sólo relacionarse con los demás, sino también exteriorizar sus propios sentimientos.

Partamos de que una educación integral (y, si no lo es, podremos hablar de enseñanza o enseñanzas, no de educación) debe poner en relación el desarrollo cognitivo y el emocional, la mente y el sentimiento: ambos son esenciales para el desarrollo de la personalidad. Por ello, deben desarrollarse conocimientos y habilidades sobre las emociones que capaciten al individuo para afrontar mejor los problemas que se le plantean en el día a día. Porque este tipo de educación debe perseguir aumentar el bienestar personal y social y es un proceso educativo continuo y permanente, no solo a lo largo del periodo de escolarización, sino a lo largo de toda la vida. Debemos conseguir personas emocionalmente inteligentes. ¿O no estamos padeciendo verdaderos problemas de integración/adaptación, de comunicación interpersonal, de habilidades sociales?

Y no se trata de otra cosa que de conocer nuestras propias emociones y controlarlas; identificar las de los demás, asimilarlas y respetarlas: lo que nos posibilita nuestra relación con los otros. Se trata de que eduquemos para la vida (tiene que ver mucho con los valores) y ello implica fomentar actitudes positivas ante las situaciones cotidianas, desarrollar habilidades sociales (empatía) y estrategias para generar emociones positivas: la automotivación, la resistencia a la frustración, el desarrollo del sentido del humor, la disminución de la ansiedad, del estrés, de los desórdenes fisiológicos (anorexia, bulimia, exceso de peso…)


La educación emocional abarca pues competencias básicas, tanto en el ámbito intrapesronal (YO) como en el interpersonal (LOS OTROS). En el primero: el esfuerzo mediante el rendimiento, la autodisciplina, el cumplimiento de obligaciones, la iniciativa, la adaptabilidad… En el segundo: la sociabilidad, la imaginación, la creatividad, la conciencia organizacional, la comunicación, la resolución de conflictos, el trabajo en equipo, el liderazgo, la colaboración.

No se trata de una asignatura más,se trata de la ASIGNATURA (¿pendiente?) que da sentido completo al hecho educativo. Transmitimos conocimientos (enseñamos), pero esa transmisión se realiza en un contexto (escolar, familiar, social) con un fin (preparar para la vida); y para conseguir ese objetivo debemos posibilitar todas aquellas estrategias que ayuden al alumno (o hijo, o ciudadano) a desarrollar sus emociones, sus sentimientos, sus posibilidades en un escenario que fomente el desarrollo de esas habilidades en relación con los demás. Porque aquí es donde el concepto educación adquiere su valor integral.

Fuente: Miguel Angel Heredia Garcia