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CÓDIGO DEONTOLÓGICO

Artículo 6


La profesión de Psicólogo/a se rige por principios comunes a toda deontología profesional: respeto a la persona, protección de los derechos humanos, sentido de responsabilidad, honestidad, sinceridad para con los clientes, prudencia en la aplicación de instrumentos y técnicas, competencia profesional, solidez de la fundamentación objetiva y científica de sus intervenciones profesionales.

viernes, 5 de octubre de 2012

El enfado

Tras una exhaustiva serie de cuidadosos experimentos, Dolf Zillmann, psicólogo de la universidad de Alabama, ha concluido que el detonante universal del enfado es la sensación de hallarse amenazado. Y no se refiere solamente a la amenaza física sino también, como suele ocurrir, a cualquier amenaza simbólica para nuestra autoestima o nuestro amor propio (como, por ejemplo, sentirse tratado ruda o injustamente, sentirse insultado, menospreciado, frustrado en la consecución de un determinado objetivo, etcétera), percepciones, todas ellas, que actúan a modo de detonante de una respuesta límbica.

En el proceso del enfado, a nivel físico, cada uno de los pensamientos o percepciones irritantes se convierte en un mini-detonante de la descarga catecolamínica de la amígdala, y cada una de estas descargas se ve fortalecida, a su vez, por el impulso hormonal precedente. De este modo, una segunda descarga tiene lugar antes de que la primera se haya disipado, una tercera se suma a las dos precedentes y así sucesivamente. Es como si cada nueva descarga cabalgara a lomos de las anteriores, aumentando así vertiginosamente la escalada del nivel de excitación fisiológica. Cualquier pensamiento que tenga lugar durante este proceso provocará una irritación mucho más intensa que la que tendría lugar al comienzo de la secuencia. De este modo, el enfado se construye sobre el enfado al tiempo que la temperatura de nuestro cerebro emocional va aumentando. Para ese entonces, la ira, ante la que nuestra razón se muestra impotente, desembocará fácilmente en un estallido de violencia.


En este momento, la persona se siente incapaz de perdonar y se cierra a todo razonamiento. Todos sus pensamientos gravitan en torno a la venganza y la represalia, sin detenerse a considerar las posibles consecuencias de sus actos. Así la persona enfadada se retrotrae a la más primitiva de las respuestas.


Todo ello explica por qué la mayoría de las personas parecen más predispuestas a enfadarse una vez que ya han  sido provocadas o se hallan ligeramente excitadas. Por otra parte, todos lo tipos de estrés provocan una excitación adrenocortical que contribuye a bajar el umbral de la irritabilidad. De este modo, después de un duro día de trabajo, una persona se sentirá especialmente predispuesta a enfadarse en casa por las razones más insignificantes -el ruido o el desorden de los niños, por ejemplo-, razones que en otras circunstancias no tendrían el poder suficiente para desencadenar un secuestro emocional.

Por otro lado, los pensamientos obsesivos son la leña que alimenta el fuego de la ira, un fuego que sólo podrá extinguirse contemplando las cosas desde un punto de vista diferente, y para ello se necesita distancia o enfriamiento de ese fuego. Proceso que por la propia característica de esos pensamientos, no ocurre.

Por tanto, hay que trabajar esos dos puntos:
- cortar los pensamientos obsesivos
- hacerlo en un primer momento, cuando aparecen, para no alimentarlos y que lleguen a esos estadios  posteriores difíciles de controlar.

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